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Posible delito ambiental en La Moraleja: cuando el lujo se riega con agua pública

Publicada el 22/10/2025 por Victoria Pascual

La investigación abierta por la Fiscalía de Medio Ambiente sobre el campo de golf Golf Park, en La Moraleja (Alcobendas), revela una de las caras más invisibles y sofisticadas del crimen ambiental: el uso ilegal de recursos naturales esenciales por parte de actores con poder económico. Lejos de los vertidos tóxicos o la tala ilegal, este caso expone cómo la gestión fraudulenta del agua, —en un contexto de sequías recurrentes y emergencia climática— puede constituir un delito contra el medio ambiente según el artículo 325 del Código Penal español.

La Fiscalía investiga si Golf Park ha empleado captaciones ilegales de agua y si ha excedido los límites permitidos por la Confederación Hidrográfica del Tajo. La denuncia, presentada por la asociación Ecología y Libertad, señala además la posible prevaricación ambiental omisiva de la alcaldesa de Alcobendas y del director de Medio Ambiente municipal, al supuestamente haber tolerado las extracciones sin realizar inspecciones.

El campo, inaugurado en 1998, tenía autorización para usar 7.000 metros cúbicos de agua anuales, aunque las necesidades reales —según los informes técnicos— superarían los 29.000 metros cúbicos. La discrepancia sugiere una posible infracción continuada: mantener un césped verde en una zona semiárida requiere volúmenes de agua muy superiores a los permitidos, lo que plantea indicios de fraude ambiental.

Además, la Confederación Hidrográfica ha detectado irregularidades recientes, como el uso de un pozo autorizado para regar parcelas no incluidas en la concesión, lo que refuerza la hipótesis de un uso indebido de recursos hídricos públicos en beneficio privado.

Desde el enfoque de la criminología verde (green criminology), este caso encarna la tensión entre el interés económico de élites y la sostenibilidad ambiental. Los delitos ambientales cometidos por empresas o corporaciones se inscriben dentro de la llamada criminalidad de cuello blanco verde, donde el impacto no recae sobre víctimas concretas, sino sobre bienes colectivos: el agua, los ecosistemas y, por extensión, el derecho de todos a un medio ambiente saludable.

La victimización es difusa pero real: cada metro cúbico de agua extraído ilegalmente es un recurso que se sustrae a la comunidad, especialmente en un contexto de sequía estructural en la Comunidad de Madrid. Este tipo de crimen, además, erosiona la confianza en las instituciones si, como se sugiere, existiera connivencia o inacción administrativa, un fenómeno que la criminología denomina captura regulatoria: cuando los organismos de control se subordinan a los intereses privados.

El caso de La Moraleja simboliza una forma de injusticia ambiental: mientras los ciudadanos enfrentan restricciones en el consumo de agua, complejos exclusivos de ocio mantienen sus instalaciones mediante extracciones intensivas. Esta desigualdad en el acceso y uso de los recursos naturales refuerza la idea de que los daños ambientales no se distribuyen de forma equitativa, y que los sectores privilegiados no solo consumen más, sino que a menudo lo hacen fuera de los límites legales.

En criminología ambiental se habla de crímenes de poder y privilegio: acciones lesivas para el entorno cometidas por actores con capacidad económica o influencia política para eludir controles. La Moraleja, el barrio con la renta más alta de España, se convierte así en escenario de un tipo de criminalidad que rara vez llega a los tribunales, pero que tiene consecuencias profundas para el equilibrio ecológico y la justicia social.

El papel del Seprona en la investigación es clave: esta unidad de la Guardia Civil se especializa en la detección de delitos ambientales, muchos de los cuales se ocultan tras apariencias de legalidad o detrás de concesiones administrativas ambiguas. El hecho de que la Fiscalía haya asumido directamente el caso indica la gravedad de los indicios y la voluntad de avanzar en la persecución penal de delitos medioambientales, tradicionalmente infradenunciados y con baja tasa de condena en España.

La investigación también pone de relieve el valor de la denuncia ciudadana y asociativa, ya que fue la organización Ecología y Libertad quien, tras recabar información mediante la Ley de Transparencia, destapó el posible uso irregular del agua. Este tipo de activismo representa un contrapeso crucial frente a la opacidad institucional y empresarial.

El caso del campo de golf de La Moraleja plantea un debate más amplio sobre la gestión criminal del agua. Si se confirma la existencia de pozos ilegales o extracciones no autorizadas, estaríamos ante un ejemplo claro de cómo el delito ambiental no solo degrada ecosistemas, sino también la legitimidad democrática: el privilegio económico no puede situarse por encima del derecho colectivo a los recursos naturales.

Fuente de la foto: Google reseñas

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