La publicación del libro «El odio» por parte de la editorial Anagrama, que otorga una plataforma al asesino confeso José Bretón, plantea una problemática que va más allá de la mera libertad de expresión. Si bien la libertad de palabra es un derecho fundamental en sociedades democráticas, este derecho tiene límites cuando su ejercicio entra en conflicto con el respeto a las víctimas y a la sociedad que consume esa información.
Desde el enfoque criminológico, la difusión de narrativas que provienen de individuos condenados por actos violentos puede tener consecuencias negativas. Al dar voz a un asesino, se corre el riesgo de legitimar o incluso glorificar conductas delictivas, creando un ambiente donde la violencia se convierte en un medio de expresión aceptable y naturalizada. Este tipo de publicaciones puede además influir en potenciales individuos en riesgo de cometer delitos, al ofrecerles modelos desviados o justificaciones para sus acciones. La criminología, en tanto ciencia dedicada al estudio de la conducta delictiva, destaca la importancia de prevenir la normalización de la violencia y la exaltación de figuras criminales, especialmente cuando se conocen los daños sociales irreparables que estos actos provocan.
Por otro lado, desde la perspectiva de la victimología se evidencia un problema ético y moral de gran calado. Las víctimas y sus familiares sufren un doble trauma cuando se da espacio a relatos que privilegian la versión del agresor sobre la memoria y el dolor de quienes han sido afectados. Al publicar un libro que ofrece la palabra a un asesino, se fomenta la revictimización, al relegar la historia de las víctimas a un segundo plano y al potenciar el sensacionalismo. La victimología insiste en que la reparación del daño no solo es material o legal, sino también simbólica: reconocer y respetar la dignidad de las víctimas es fundamental para la justicia y para la reconstrucción del tejido social.
Además, este enfoque plantea un grave dilema en cuanto a la ética editorial. Las plataformas culturales y literarias tienen la responsabilidad de promover discursos que enriquezcan el debate público sin contribuir a la propagación de ideologías o narrativas que puedan incitar a la violencia. La decisión de publicar una obra que ofrece la voz de un asesino no solo contradice los principios de justicia y reparación, sino que también puede interpretarse como un acto de irresponsabilidad social, que perjudica el proceso de duelo y memoria colectiva de las víctimas.
En mi opinión, si bien la libertad de expresión es un pilar esencial en cualquier sociedad democrática, ésta no debe convertirse en un instrumento que facilite la impunidad o que permita revictimizar a quienes han sufrido la violencia. Desde una mirada crítica fundamentada en la criminología y la victimología, es imprescindible cuestionar la ética de dar voz a un asesino, pues hacerlo implica no solo un riesgo de fomentar conductas delictivas, sino también una injusticia irreparable para las víctimas y sus familias.
Excelente planteamiento.
Soy editora y creo que la libertad de expresión es esencial, pero todos tenemos una línea editorial y nos planteamos qué y cómo queremos contar. Es este caso, el dolor que provoca a las víctimas y la impunidad hacia el victimario, tratándose de una madre y unos menores, no tiene justificación posible.
Estoy totalmente de acuerdo, Lola, y te agradezco mucho tus comentarios y el esfuerzo, porque lo es, de mantener una línea editorial respetuosa y con conciencia. Un abrazo.
Compartiendo en parte este planteamiento, quizás deberíamos generalizarlo a la gran mayoría del True Crime, sobre todo si entre los hechos criminales y sus ‘secuelas literarias o audiovisuales’ no hay una moratoria temporal, como sucede con la publicación de documentos de archivo.
Sí, la cuestión es medir el impacto. Tiempo, espacio y contenido, creo que son los tres pilares básicos. Si se hubiera escrito un libro sobre el caso desde un punto de vista aséptico, en Namibia y dentro de cinco años, es posible que no hubiera tenido impacto en los familiares supervivientes.
Gracias por tu comentario, Andrés.